No quiero un lazo rojo
Este post lo escribí el año pasado por estas fechas en mi blog de la coctelera. Lo rescato porque mi opinión ha variado poco desde entonces. Es por supuesto, una opinión personal. Mis compañeras tendrán la suya.
Iba a escribir un post muy documentado ba a escribir un post muy documentado, serio, cargado de citas y de enlaces pero no me sale... En realidad no quiero escribirlo. Porque desde los 80 hasta ahora, el tema del SIDA sólo puedo abordarlo desde la rabia. La rabia del inicio. La impotencia de ver morir a los amigos, el dolor por el prejuicio y la ignorancia que en algunos casos les obligó a morir solos en la fría habitación de un hospital, sin el apoyo de los amigos de siempre, porque una «muy decente familia» consideró que había una vergüenza que esconder.
Más rabia y más impotencia ante el estigma que significaba ser portador del virus a causa de la ignorancia, la estrechez mental y los prejuicios que podían desde, arrebatar trabajos hasta negar el más elemental auxilio, no sólo por ser portador de un virus sino por, horror de los horrores, ser homosexual. Daba igual que no lo fuera porque dos de cada tres personas estaba dispuesta a creer que el SIDA era solo cosa de «maricones».
Impotencia porque veintiun años después el panorama no sólo no ha cambiado, sino que ha empeorado considerablemente gracias a los mismos... Siempre los mismos y su estrategia de desinformación buscando controlar nuestra vida privada e imponer sus estrecheces en nuestras camas. Rabia al pensar en el jugoso negocio de la industria farmaceútica con sus cócteles retrovirales para sociedades y personas que puedan pagarlos y su enorme mezquindad para aquellos cuya pobreza y color de piel les hace prescindibles por millones.
Y todo eso desemboca en una frustración monumental porque buena parte de las trece mil personas que se contagiarán hoy, podrían evitarlo con el simple uso del condón. Y esa frustración da paso de nuevo a la furia cuando me encuentro con esas «fuentes de información desinteresadas», financiadas por los intransigentes, que con un lenguaje pseudo científico proponen estupideces como la abstinencia mientras sin empacho alguno, son capaces de igualar a homosexuales con violadores. Y ya no tengo más estados de ánimo cuando pienso que el imbécil que gobierna en Washington una vez más reducirá los fondos de las organizaciones que promueven el sexo seguro para dejarlo a las «muy decentes» organizaciones de la derecha más rancia que pretenden obligar a la purísima abstinencia, mientras el incremento de los contagios sube en relación proporcional a la estupidez del Sr. Bush.
Por supuesto me quedo con encefalograma plano cuando pienso en Ratzinger mintiendo como bellaco sobre supuestos éxitos de las campañas de abstinencia que claramente quedan en evidencia por las cifras que muestran el escandaloso crecimiento del contagio desde que muchos se han empeñado en cambiar el condón por una virtud de pacotilla, tan de pacotilla como la de éste habitante del Vaticano capaz de proteger a pederastas mientras saca manifiestos en contra de los homosexuales, capaz de decir que España y el Gobierno de Zapatero son el mayor problema de occidente para su Iglesia, mientras las cifras de nuevos contagios suben en Europa como la espuma por no hablar de América Latina otra zona de influencia occidental. Pero claro a Ratzinger que hasta las catástrofes naturales parecen pesarle menos que el Gobierno de Zapatero, no le debe quitar el sueño lo que pueda pasar con una panda de pecadores en su mayoría paganos de piel oscura y sí, el concierto de tres mil millones de euros que España mantiene con la Iglesia, aún en contra del criterio europeo y de la mayoría de sus ciudadanos. En fin... Siempre es bueno ver como la miseria humana se queda desnuda a la vista de todo el que quiera verla.
Y no quiero escribir más, porque a pesar de lo mucho que podamos culpar al fundamentalismo por el aumento de las cifras de contagio, todos somos culpables. Por bajar la guardia, por no reclamar a nuestros políticos el abandono de las campañas de prevención, por callarnos, por cómodos, por sentirnos a salvo en nuestro pequeño espacio. África está lejos, Latinoamérica está lejos, hasta nuestros pobres cercanos están lejos y en ése cómodo desconocimiento no nos hemos dado cuenta de que hemos retrocedido a tiempos en que nadie estaba a salvo de caer por ignorancia. Sólo basta oír a un joven cualquiera del barrio vecino o del piso de al lado para enfrentarnos a la cruda realidad.
Hoy hemos visto por doquier el conocido lazo rojo, sobretodo aquellos a los que les gusta el arte de figurar. Yo he decidido no llevarlo nunca más. No me interesan los símbolos, ni aún éste que me toca tan de cerca. El mismo que solíamos ver muy a menudo y que ahora casi se reduce a una gala anual o una pieza del vestuario de las figuras de la tele. Una vez al año para recordarnos lo que pareciera que muchos, en especial aquellos que tienen la responsabilidad en la toma de decisiones, quieren olvidar: Cuarenta millones de infectados en el mundo. Más de tres millones de infectados cada año en África y de ellos casi el 50% jóvenes entre 15 y 25 años. El 90% de las nuevas infecciones se producen en los países con más pobreza. Un porcentaje similar de nuevos infectados desconocen que son portadores, el 70% de los contagios -sorpréndase si usted aún mantiene clichés en su cabecita- se produce en las relaciones heterosexuales. Mientras usted lee este post más de cien personas están infectándose en cualquier lugar del mundo... Se lo digo, por si todavía le preocupa la gripe aviar.
Dedicado a Jorge, al otro Jorge, a Rafa, a Juan, a David, a Darío, a Guillermo y a los casi diez millones de personas, contadas oficialmente, que han muerto víctimas del SIDA, desde los años 80 hasta nuestros días.






2 comentarios
hace 9 meses y 4 días
coincido contigo plenamente
lo mínimo que podemos hacer en contrapartida es recordar que debemos , todos y todas, usar condones, SIEMPRE
un saludo
hace 9 meses y 3 días
Muy buen texto, Mercedes, te felicito.
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